Nuestros sistemas están funcionando y no tienen motivos para ponernos obstáculos.

Los colegios con metodologías innovadoras están funcionando y “la administración es favorable a ir evolucionando” dice Javier García, Director del Colegio público Viñagrande de Vilanova de Arousa, uno de los varios colegios que carecen de aulas fijas, asignaturas o libros de texto tradicionales.

El Colegio Padre Piquer se sitúa en un barrio de clase media baja en la ciudad de Madrid, acoge a niños y niñas de 34 nacionalidades y 8 religiones. Un centro en ese ámbito social se enfrenta a un alto absentismo y fracaso escolar. Nada más lejos de la realidad. 85% de éxito y un 0,7% de absentismo (uno de los más bajos del estado).

En estos centros, como en el Joaquin Ruyra de L’Hospitalet de Llobregat, donde el 92% del alumnado es inmigrante, los nuevos métodos no eran una alternativa, eran una necesidad.

“Entré en este colegio y me encontré a profesores desmotivados y alumnos sin energía. Tenía dos opciones: o me iba o cambiábamos esto de arriba a abajo”, afirma Javier, director del Viñagrande. Y lo cambiaron. Tiraron abajo muros y tabiques para crear espacios abiertos, abandonar los libros, las asignaturas y mezclar alumnos y alumnas de distintos cursos. Aprenden por proyectos, trabajan distintos ámbitos (humanístico, literario, científico y matemático). El resultado: además de aprender la materia, la trabajan en distintos contextos, hacen reportajes, la tuitean, intercambian ideas. “La diferencia con lo que hacíamos hace años es abismal” afirma Javier.

Para estos colegios la evaluación es fundamental, en el Viñagrande se califica a los alumnos y alumnas a diario, “lo que pasa es que ponemos el foco en lo positivo”.

Angel Serrano director del Padre Piquer lo tiene muy claro. “A los padres que nos muestran dudas, además de explicarles en qué consiste esto, les mostramos los datos. Y son incontestables”. Tampoco tienen asignaturas y trabajan los ámbitos socio-lingüístico y matemático-científico con material digital, en grupos de 60 alumnos y alumnas con tres o cuatro profesores que les guían. Llevan a cabo proyectos con una metodología que se suele implementar sólo en educación infantil, pero que en este centro se aplica a adolescentes.

“Sentar a un niño a las 9 de la mañana y pretender que te esté escuchando cinco horas es absurdo”. Afirma María Castro, profesora de educación física del Viñagrande. Lo primero que hacen los alumnos y alumnas al llegar al colegio es una hora y media de ritmo, movimiento y gimnasia.

Las aulas, amplias y luminosas están llenas de estímulos. Los chicos y chicas se mueven de un espacio a otro. “Y, sin embargo, están trabajando”, dice Javier. “Están trabajando muchísimo. Cada chaval está en un proyecto y el profesor les va orientando y ayudando.”

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